Costureres de esperanza

“El mundo no está hecho de átomos, está hecho de historias”

Eduardo Galeano

Estamos en clase de etnoeducación con el grado 11 sentados en círculo esperando a encender una vela. La vela nos anunciaba que había una persona, un suceso o un recuerdo del que queríamos hacer memoria, y el encuentro circular nos evocaba la mirada y la palabra que circula para contar historias con el fueguito de la memoria que nos acompaña. Nos encontrábamos sentados cada martes en la clase junto a un telar blanco que, poco a poco, se volvía nuestra trayectoria o huella histórica llena de color. En él queríamos dar respuesta a la pregunta ¿Puedo entender la historia del Urabá a partir de mi propia historia de vida? ¿Cómo podemos comprender los hilos que nos unen en una historia común a partir de nuestras propias narrativas?

Sin duda alguna nuestro referente fueron las tejedoras de Mampuján y su tejido de construcción de memoria y acción colectiva de paz. ¡Y qué potente fue! Antes de sentarnos en círculo, encender la vela y comenzar a tejer y contar, debíamos disponernos para que el espacio fuera seguro y cuidadoso; pero ¿cómo podíamos procurar el cuidado? ¿cómo lo podíamos contener emocional y energéticamente? ¿cómo podíamos transformar la energía juntos y juntas? El círculo se había vuelto un espacio ritual que evocaba el cuidado para acoger a la memoria y debíamos sostenerlo juntes, como en el Ubuntu africano.

Al iniciar las clases hacíamos unos ejercicios corporales para movilizar la dimensión del sentir y el reconocimiento del otre. Una experiencia muy bonita que tuvimos fue mirarnos por unos minutos a los ojos y ver las diferentes reacciones que teníamos: unos esquivaban la mirada, otros se reían a carcajadas, otros lloraban, otros sentían pena; y ahí emergió una reflexión bellísima: no estamos acostumbrados a vernos, lo cual resultaba paradójico pues estábamos conviviendo todos los días en un mismo espacio. Pero vernos y reconocernos era fundamental para escucharnos y compartir las historias.

Cuando nos dábamos cuenta de la importancia de vernos, realmente vernos, pasábamos a la dimensión del sentir corporal. ¿Qué hacíamos ahí? Sentir ¿cómo? Por ejemplo, sentíamos la respiración y el latir de la otra persona y la propia; sentir cómo se expandía el pecho cuando respirábamos o buscar el latido y ser conscientes de su frecuencia. Muchas veces los pelados/as me decían “profe, ya no sé si es mi latido o el de él”. Y efectivamente de eso se trataba: los latidos en un punto se conectan y comienzan a ser relacionales. Cuando entrabamos en ese espacio de confianza íbamos al círculo alrededor del telar y comenzábamos a tejer. 

El tejido se basaba en plasmar un momento determinante de nuestra vida que hizo que hoy estuviéramos en Carepa; allí entendíamos que nuestra vida era en relación con las trayectorias de nuestro/as antepasados también, es decir, comprendíamos que éramos sujetos históricos, que éramos redes en el tiempo, que éramos vínculos. Mientras tejíamos también contábamos las historias y las acompañábamos de la lectura de un libro maravilloso del profesor Alfredo Molano llamado “Desterrados” que reunía relatos del conflicto en el Urabá y otras partes del país. Cuando más cercanos nos hacíamos, más nos íbamos conociendo e íbamos hilando una historia colectiva que articula diferentes regiones de Colombia. Seré sincera: al iniciar el costurero me preocupaba que hubiese un silencio o indiferencia ensordecedora y resultó ser lo contrario: resultó ser compañía, puente y sostén. También resultó ser silencio, pero no del que incomoda, sino del que abraza. Si había lágrimas, ahí estábamos para acompañarnos. Sí había risa, ahí estábamos también para reírnos.   Y una de las preguntas que siempre estaba era ¿cuál es el Urabá que soñamos y cómo lo construimos?

Alguien en un encuentro decía que el Urabá parecía como una mancha negra en el mapa. Sin embargo, escuchándonos, intercambiando y explorando nuestras narrativas de vida íbamos agrietando ese pensamiento e iba creciendo un tejido que se hila en historias compartidas: historias de resiliencia, de amor, de lucha por la vida digna, de dolor, de saberes, de transformación, de desplazamiento, de hibridación… En fin, de la diversidad que somos en medio de una historia colectiva.

Este proceso también despertó varias preguntas ¿cómo hacer pedagogía de la memoria pensada desde la perspectiva restaurativa? ¿cómo caminar éticamente la memoria? Son preguntas a las cuales no tengo una respuesta clara y sí mucho camino por aprender, pero me gustaría compartir con ustedes una experiencia que vivimos en el cierre de una de las sesiones con mis estudiantes: hicimos un cierre con cerámica que se basaba en la metáfora de juntar las piezas desde la técnica de cerámica japonesa  “Kintsugi”  que consiste en juntar las partes rotas con resanes de oro; en ese sentido, las fisuras y las grietas según esta técnica hacen parte de la memoria de la obra y los resanes de oro pueden simular metafóricamente los procesos de sanación y perdón.

Pues bien, en la clase cada uno hizo su propio Totem de cerámica, cada uno quizá tendría su propia grieta, pero en este caso, el agua ayudaba a rehacer la fisura y transformar su Totem. La cerámica resignifica, crea y transforma. En ella hay un proceso de transformación del material al tener contacto con el entorno y con otros elementos. Y, en parte, creo que ese también es uno de los caminos de la pedagogía de la memoria desde lo restaurativo.

Costureres de la Esperanza ha sido eso, la posibilidad de tejer puentes juntes y en comprender que en la belleza sanadora del narrar encontramos un camino de aprendizaje que nos atraviesa el corazón explorando las dimensiones del yo con el mundo, el yo con el otre y el nosotres.

Mónica Alejandra Romero

Eco de segundo año

Institución Educativa Rural El Cerro, CER La Esperanza

Carepa, Antioquia

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