Por: Ecos de Santa Ana – Isla de Barú, cohorte 2015

Muy cerca de una de las playas más lindas de Cartagena, Playa Blanca, se encuentra la Fundación Educativa Instituto Ecológico Barbacoas, en el corregimiento de Santa Ana, Península de Barú. Hace diez meses, seis personas iniciamos un viaje acompañados únicamente de expectativas, incertidumbres, sueños, y mil preguntas.

Hemos viajado al ritmo de la champeta,  las salsas africanas y los altos decibeles  del picó (Parlante gigante), hemos conocido a los santeros netos, una población orgullosamente afro descendiente propia de este corregimiento y los cuales conviven con  ararqueros, baruleros, paisas y demás personas que se asentaron en estas calurosas tierras.

Dicen que la primera impresión es la que cuenta. Al llegar teníamos ante nosotros un  paisaje desértico, donde las temperaturas nos tumbaban, la arena nos cubría y  los mosquitos nos daban la bienvenida a nuestro nuevo hogar, una casita dentro del colegio.  Barbacoas que, el decir de los niños: “es una finca más que un colegio”, resultó ser una incógnita más para nosotros; sus salones sin paredes, sus caminos empedrados, los espacios comunes construidos en caña brava y palma son testigos de interacciones únicas entre la planta docente y el personal administrativo que vive aquí de lunes a viernes.  Además resultó ser el epicentro de una comunidad de no más de 4000 personas emparentadas cultural, histórica y familiarmente; vivir en Barbacoas es vivir en Santa Ana, conocer sus minucias y asumir el rol de seño, profe o teacher 24 horas 7 días de la semana.

Estar inmersos en la vida Santanera nos ha expuesto a las paradojas de lo que significa, para estas comunidades, “vivir en el paraíso”, focalizar sus proyectos de vida en las únicas fuentes de ingreso seguras: el turismo formal e informal en la playa, co-existir con los efectos de un sistema sanitario inoperante exacerbado por el manejo inadecuado de residuos sólidos, tanto en las calles de barro del pueblo como en las ciénagas, manglares y playas que lo rodean, así los santeros esperan con ansías la llegada del domingo para celebrar como nunca la vida en “El pibe”, el  picó de Santa Ana, celebración que se extiende hasta la mitad de la semana.

La llegada del lunes al colegio significa entonces, para los niños, niñas y jóvenes Barbacoistas, altos niveles de estrés. Nos encontramos con niños cansados, mal humorados o poco interesados; un saludo se puede convertir en una gran polémica. El reto ha sido comunicarnos, empezar a hablar el mismo idioma, comprendernos y conocernos, construir relaciones sanas para posibilitar encuentros significativos dentro y fuera del salón de clases; construir desde el encuentro de nuestras diferencias, entendiendo los distintos modos de ser, hacer, pensar y sentir.

El planeta champeta se toma cada rincón del colegio, los salones de clases reciben niños con parlantes andantes, cantantes natos, bailarines excepcionales, voces únicas que se alzan en los momentos menos esperados y hacen de la práctica del docente novato y experimentado todo un reto. No hay planeación juiciosa que contemple las posibles eventualidades en una clase de 45 minutos; sin embargo, entre el bullicio, el calor, la “estriladera”, las carcajadas y las peleas, hay momentos que nos devuelven el sentido, la razón de estar aquí: el acompañar los procesos de  niños y niñas maravillosos, que aunque son señalados por sus conductas, tienen habilidades únicas que van reconociendo y potenciando día a día. El ser testigos de los pequeños  y de los grandes logros de todos los días es parte de crecer juntos.

Necesitaríamos mucho más tiempo y espacio para consignar las experiencias que han nutrido este viaje, lleno de alegrías, tristezas, frustraciones, dudas,  logros y enfermedades, no habríamos llegado hasta aquí sin el apoyo, el amor y la amistad que seis desconocidos hemos logrado construir, ya no somos desconocidos, ¡somos una familia!

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