Por: Karen García

Al mirar retrospectivamente las decisiones que me llevaron a Enseña Por Colombia,  comienzo un inexorable viaje a través del tiempo, cuyo destino final me remonta a mis años como estudiante de Historia de la Universidad Nacional de Colombia. Así discurre ante mí la imagen de un pasado que inevitablemente evoca los sonidos de la sociedad parisina del siglo XVIII, levantándose en contra del absolutismo representado por el Palacio de Versalles, símbolo de la contradicción entre la riqueza y el desencanto social. Por ello es a partir de ese proceso histórico vislumbrado en  el  pueblo parisino empoderándose de su destino,  que  me planteo el interrogante acerca del papel de los individuos en su sociedad. Pero sobre todo, es en aquél momento de mi vida cuando me hago la pregunta sobre el papel que he de desempeñar en mi propio país.

Entonces viajo de nuevo doscientos años a través del tiempo, retorno al presente y reflexiono sobre los últimos meses de mi vida.  Y es justamente así, en el instante que mi perspectiva de Historiadora se centra en esos 30 niños del Urabá Antioqueño, en lo que eran y en lo que son seis meses después,  cuando pienso haber encontrado algunas de las respuestas.  Porque es ahí cuando sé que ya no me interesa lo que fueron sino lo que serán en un futuro.

Y es que durante los últimos meses,  en el viaje que estamos realizando juntos, he redimensionado lo que implica la labor docente.  Puesto que  través de los pequeños éxitos o fracasos en el aula, he podido percibir que no se trata de enseñar, sino de aprender con ellos.  En este sentido, la escuela ya no es sólo un lugar donde entran en relación saberes y conocimientos. De hecho, más que un espacio académico, también es un escenario de interacción social en el que se manifiestan diferentes formas de entender el aprendizaje, de relacionarse con las personas y de comprender al otro. Es decir, es un contexto en el que se desarrollan habilidades de participación social, se ejercen derechos y deberes o se construyen oportunidades. Son los derechos a formarse y a aprender, pero también es el derecho a participar activamente y a ser ciudadanos.

Por eso el papel de ser docente adquiere otro sentido ante mí, cuando pienso en las cartas de Alejandra, Valentina o Yana, y se cierne  la certeza de que no volverán a ver su devenir de la misma forma que hace seis meses atrás. Y aunque nuestras historias probablemente se bifurquen al final del camino, sabré que cumplí la misión como su profesora. Porque ahora ellas y sus otros 27 compañeros, comienzan a comprender que el único límite admisible para alcanzar sus objetivos en la vida, es el impuesto por ellos mismos. Después de todo es en la convicción sobre las propias capacidades, donde se halla la clave del éxito.

De esta manera al caer la noche,  mirar de nuevo a través de mi propia historia y leer la última de sus cartas,  sé que su futuro y su papel en la sociedad, no será el que las circunstancias sociales, económicas o familiares, había planeado para ellos. Pues hoy en día sé que un profesor es quien construye con estos niños, ciudadanos y personas, las condiciones para que se empoderen de su propio destino.

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